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La sabiduría en la vejez

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  Por Cristina Veiga

La sabiduría es considerada una experiencia holística, integradora, que suele estar asociada al concepto de vejez.

Desde el punto de vista cultural, la idea que se tiene del “viejo sabio” es desarrollada en leyendas, alegorías, poemas, tradiciones y personajes de la cultura popular. Está representada por los ancianos de la tribu o los miembros del Consejo en las Ciudades de la Antigüedad. En definitiva, se presenta como el prototipo del “sabio consejero”.

Desde el punto de vista filosófico, el movimiento Aristotélico sostiene que el hombre sabio es el que accede a un profundo conocimiento de sí mismo que le permite desplegar la virtud a pesar de las emociones y pasiones (que deben ser reorientadas en un sentido positivo y productivo).

En la Edad Media y parte de la Moderna se la describía como un don    providencial, un sexto sentido o disposición genética que favorecía la inspiración.

Por su lado, las influencias cartesianas y del empirismo inglés, que sentaron las bases de las ciencias modernas, propusieron un abordaje fundamentado en la percepción, en la razón y en el sentido común.  Enfatizan el papel de la experiencia, ligada a la percepción sensorial en la formación del conocimiento. La experiencia interna es la percepción de la propia vida anímica y la experiencia externa es la percepción de los objetos físicos. A la razón le cabe la función de ordenar en forma lógica los materiales que ofrecen los sentidos. Por lo que la sabiduría era entendida como la profunda comprensión de la experiencia y del sí mismo.

En la actualidad, y desde un enfoque psicoeducativo las investigaciones realizadas por Baltes y el grupo de Berlín muestran que la sabiduría es un conocimiento experto acerca de la pragmática fundamental de la vida. Este conocimiento experto y experiencial se evidencia en la resolución de situaciones dilemáticas de la vida cotidiana.

Baltes y Smith, (1990) señalan que las pragmáticas citadas anteriormente incluyen conocimiento sobre cómo planificar (qué metas deben tenerse en cuenta en situaciones determinadas), acerca de la gestión de situaciones (cómo proceder ante problemas sociales concretos) y sobre el replanteo de las experiencias de vida (cómo encontrar el mejor sentido posible a la propia existencia). La sabiduría supone, entonces, poseer conocimientos generales sobre la naturaleza humana en un determinado contexto y período histórico, así como conocimientos específicos referidos a las variaciones en el significado que puede otorgarse a los diversos sucesos vitales que acontecen a los individuos.

Los últimos hallazgos de Kunzmann y Baltes (2003) marcan que los sujetos categorizados como más sabios se revelan como muy interesados por el bienestar del prójimo, el compromiso social y la protección del ecosistema. Logran un adecuado manejo de situaciones conflictivas, y se destacan en las actitudes cooperativas con inexistencia de mecanismos de evitación, dominación o sumisión. Por lo tanto, la persona que logra comprender los sucesos y episodios de la propia vida, tiene la posibilidad de aprender de lo vivido y desarrollar las herramientas necesarias para poder construir una vejez con mayor sabiduría.

  “Una bella ancianidad es, ordinariamente la recompensa de una bella vida”                                                                                                                                     Pitágoras

No se trata de acumular años, sino de profundizar en la calidad de las elecciones y en el sentido que se le da a todo lo que se hace. Se trata de sumar calidad a los años. Para ello es necesario tomar conciencia de los cuidados físicos, mentales y espirituales que permiten el acceso a otro modo de vida.

En definitiva, distintos autores acuerdan que la sabiduría es un atributo psicológico complejo que combina aspectos cognitivos (conocimientos y aprendizaje experiencial), afectivo motivacionales (empatía e intuición), e interpersonales (habilidades sociales y comunicaciones).

Desde tiempos inmemorables la Sabiduría se ha asociado a la ancianidad. El anciano sabio de otros tiempos era el que transmitía de manera oral las enseñanzas indispensables para el desarrollo de la vida de las nuevas generaciones. Hasta tal punto es así que las representaciones del anciano lo ponían en el lugar de Dios (Capilla Sixtina, Vaticano, Yave y Adán). En un antiguo diccionario judaico castellano decía: “Anciano es la expresión poética para nombrar a Dios, la expresión para indicar que es anterior a todo y que está investido de sabiduría y benignidad”.

                              “Los árboles más viejos dan los frutos más dulces”.                                                                                                                  Proverbio alemán

Hoy la sabiduría no es tomada en cuenta por la cultura actual. ¿Quizás se crea que la palabra del anciano ya no es indispensable para las generaciones siguientes? ¿Estamos en un momento de transición cultural?.

Existe exceso de información que no garantiza mayor conocimiento y menos de aquel que se logra en base a la integración con la experiencia.

Los desafíos para los viejos cada vez son mayores, tanto como mayor es la expectativa de vida. En la actualidad, la realidad muestra que el viejo es el primero que no quiere serlo. Comprensible, si la vejez siempre es asociada a la enfermedad y decrepitud como único destino posible.

Los prejuicios sociales que afectan a la vejez limitan la posibilidad de ser pensada desde un lugar más saludable y digno. No existe sólo enfermedad en este período de la vida también existe la posibilidad de lograr una vejez plena y digna.

Las recientes investigaciones han identificado varios factores protectores de la vejez que de ser cultivados influirían en el desarrollo de mayor bienestar asociado a una vida más plena y sabia.

Los factores protectores son:

  • Poder cuestionar prejuicios propios y ajenos.
  • Asumir la responsabilidad del autocuidado en la salud y la enfermedad manteniéndose por el mayor tiempo posible, autoválido.
  • Capacidad de adaptación a las limitaciones físicas y/o intelectuales.
  • Aceptar el uso de elementos protéticos.
  • Compensar pérdidas con ganancias.
  • Desarrollar diálogo entre lo interno y la imagen exterior.
  • Asentar la autoestima en el presente, no en el pasado, incorporando imágenes nuevas de si.
  • Poseer un proyecto diario que organice una rutina a seguir.
  • Ser flexibles.
  • Tener buena disposición para los cambios.
  • Poder poner la angustia en palabras y elaborar significados.
  • Auto cuestionarse.
  • Replantearse el “Yo soy así ”.
  • Acceder a soñar, fantasear, imaginar, jugar, desear y reírse de sí mismo.

 

A lo largo de toda la vida el poder desarrollar y elaborar los factores protectores, a través de talleres, grupos de reflexión o experiencias psicoterapéuticas, puede facilitar el acceso hacia una mayor comprensión de la propia existencia.  De este modo se abre la posibilidad que la sabiduría surja como resultado de poder resolver los conflictos de la vida cotidiana sin caer en extremos, integrando los diferentes factores que intervienen en un suceso o situación puntual y así arribar a la solución de modo integral y flexible.

                       

Envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más  amplia y serena”                                                                                                           Ingmar Bergman

 

 

Referencias Bibliográficas

Baltes, P.B y Smith, J. (1990). Toward of psychology of wisdom and its ontogenesis. In N. J. Sternberg (Ed). (pp.87.120). Cambridge: Cambridge University Press

Kunzmann U. y Baltes P. B. (2003). Beyond the traditional scope of intelligence: Wisdom in action. In R.J. Sternberg, J. Lautrey (Eds) Models of Intelligence (pp. 329-343). Washington, D.C: American Psychological Association

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